Frente a la reciente decisión de la Corte de aprobar el fast track o establecer un procedimiento legislativo especial para la paz, urge comprender los desafíos para el sector educativo en el marco de la implementación del Acuerdo de Reforma Rural Integral, y de manera general en el desarrollo territorial, clave para este proceso de paz que apenas empieza.

Desde hace más de 50 años, enfrentamos situaciones de conflicto que nos han llevado a albergar sentimientos de desconfianza, resultado no sólo del incumplimiento histórico de los actores políticos sino también de la exclusión social e inequidad persistentes principalmente en zonas rurales. Es imperante comprender el orden social instaurado por el conflicto armado y la manera de concebir el sistema educativo en estas regiones. La visión que se tiene desde las zonas urbanas se queda corta respecto a las narrativas y dinámicas que los ciudadanos de las zonas rurales han construido a partir de sus realidades, sobre todo en los territorios que han nacido a partir de la violencia.

De ahí, el reto central para el sector: crear una cultura de paz haciendo una apuesta política por la no violencia y por la justicia que vea en el diálogo y en la participación una vía para lograr mejores condiciones de vida para todos. Esta es una oportunidad para pensarnos la formación para la ciudadanía en las zonas rurales, lo cual implica contar con una mirada transversal y de formación para la vida que se evidencie en el lenguaje, narrativas y acciones cotidianas que permitan vivir en carne propia las ventajas de la democracia para la construcción de acuerdos y condiciones de justicia para todos.

Necesitamos fortalecer una cultura que promueva el respeto y construcción desde la diversidad y el empoderamiento de la ciudadanía, reconozca los territorios y sus culturas, y que permita solucionar los conflictos de manera armónica y dialogada. La formación ciudadana nos debe permitir transformar la cultura de la desconfianza hacia el Estado y hacia el otro, generar procesos de reconciliación, superar estigmas sociales asociados al conflicto y construir una visión integrada de futuro entre todos. Todo ello implica atender algunas recomendaciones:

La escuela debe ser un lugar por excelencia para el ejercicio del aprendizaje de la ciudadanía y la convivencia, para aprender desde el goce y el disfrute, a partir de los saberes territoriales, culturales, locales y universales, en ambientes dignos para el aprendizaje. Un lugar donde se permita gestar y recoger experiencias de reconstrucción de memoria, paz y reconciliación.
Recuperar la escuela como centro para la reconstrucción del tejido social: ese entramado entre actores y grupos institucionales, sociales y comunitarios que en la ruralidad cobra tanto sentido para fortalecer la organización social y el ejercicio y exigibilidad de los derechos.

Garantizar la participación activa de los actores institucionales, sociales y comunitarios para, a través de las discusiones e intercambios, incluir sus aportes alrededor de las realidades y percepciones del conflicto y postconflicto.

Formar al docente rural en pedagogías y didácticas relacionadas con la ciudadanía y la política, que le permitan ampliar su capacidad para mediar la nueva realidad que estamos construyendo como país.
Revisar experiencias desarrolladas desde los territorios, las comunidades educativas y las organizaciones de la sociedad civil que apuntan a la construcción de ciudadanía, convivencia y paz. Muchas de ellas, dada su ubicación en territorios de conflicto, han detonado procesos de construcción de ciudadanía, resistencia civil y protección para las comunidades educativas.

Como señaló Peter Cunningham en su reciente conferencia en Bogotá, “Los políticos pueden facilitar un proceso, pero es el ciudadano común quien tiene que hacer que cualquier acuerdo de paz funcione”. Es un llamado para generar una cultura del perdón y la reconciliación en las nuevas generaciones, enseñar a niños, niñas y jóvenes y a la comunidad en general a comprender sus emociones y manejarlas, ser empáticos y asertivos y aprender a perdonar, pedir perdón y reparar. La escuela es y será protagonista en este reto.

Johana Blanco Barreto*

*Asesora de la Dirección en la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.

Fuente original: EL MUNDO

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