Cada vez es mayor el interés de los gobiernos latinoamericanos por aumentar los resultados en las pruebas internacionales y nacionales que “miden” lo que han aprendido los estudiantes.

Cada vez es mayor el interés de los gobiernos latinoamericanos por aumentar los resultados en las pruebas internacionales y nacionales que “miden” lo que han aprendido los estudiantes. Se han realizado innumerables congresos y seminarios y se han hecho publicaciones a lo largo del continente que buscan analizar esta situación y Colombia no es la excepción: en los últimos años se han impulsado diferentes programas y estrategias para atender el tema tales como Pisa 2020 o el “Día E” que vivieron los colegios del país el pasado 13 de abril.

Desde una mirada rápida se puede comprender esta preocupación. En las pruebas Pisa de 2014, que evalúan competencias matemáticas y lecto-escritoras, Colombia ocupó el último puesto entre los países participantes, y en las pruebas Saber se pone de manifiesto que el país queda en deuda a la hora de fomentar aprendizajes con sentido para todos los estudiantes y ayudarles a desarrollar al máximo sus capacidades.

Quienes cuestionan las pruebas argumentan su incapacidad para valorar lo que han aprendido los estudiantes, o dicen que se quedan cortas al evaluar aspectos como su dimensión corporal, artística y creativa. Si bien esto es cierto, se trata de aprovechar lo que pueden decir tales evaluaciones sobre lo que ocurre con el aprendizaje.

Sin embargo, en el afán por la cifra bruta, se desvía la atención de lo que realmente importa. En la carrera por “aumentar el puntaje”, muchos colegios llevan a cabo diversas estrategias como el “Día de prueba”, en la que un día a la semana los estudiantes responden evaluaciones tipo Icfes comercializadas por diferentes profesionales; o contratan cursos pre-Icfes para “entrenar” a los estudiantes en cómo presentarlo. Por supuesto, esto lo hacen con la mejor intención, pero se deja de lado la reflexión sobre el proceso y las condiciones para el aprendizaje. Por ejemplo, el hecho de que los resultados en lenguaje del grado noveno de una escuela estén en el nivel “insuficiente” de las pruebas Saber debería poner una alerta para reflexionar sobre los factores asociados a los mismos. El dato muestra que la mayoría de los estudiantes no logran realizar una lectura crítica que les permita establecer conexiones entre lo que leen dos textos diferentes, o relacionarlo con dinámicas de la realidad nacional.

No se trata de hacer juicios o señalamientos a los profesores, sino de identificar las posibilidades con las que cuenta cada colegio para apoyar a los estudiantes en el desarrollo de todas sus potencialidades y los apoyos que requieren del sistema educativo. Una mirada tal también permitiría que todos los actores públicos y privados que llegan a la escuela lo hagan de manera pertinente y respetuosa, valorando lo que cada comunidad educativa ha priorizado para mejorar.

Se trata de que en cada escuela se pregunte qué pueden hacer como colectivo los maestros para promover el desarrollo de la lectura crítica entre los estudiantes, de qué manera lo pueden hacer desde las diferentes áreas del conocimiento, cómo podrían participar los familiares en el proceso, qué requiere de parte de las administraciones educativas locales y nacionales en materia de infraestructura, materiales y apoyo pedagógico, entre otros.

Necesitamos disponer de más y mejores espacios para que los maestros y maestras puedan compartir lo que hacen en el aula, reconocerse como productores de saber pedagógico, compartir la sabiduría implícita en su trabajo cotidiano, entablar un diálogo cercano con las familias como actores fundamentales en el acto educativo, y comunicar sus necesidades a las respectivas secretarías de educación. Solo así tendremos escuelas en capacidad de proveer los mejores aprendizajes a niños y niñas que crezcan como ciudadanos listos para asumir los retos que les plantea el mundo contemporáneo.

Natalia Linares Valderrama*

*Gerente del proyecto Comunidades de Aprendizaje en la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.

Fuente original: EL MUNDO

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