Lo pequeño es hermoso…

 

Por: Claudia Bermúdez Vélez*

De todo lo que escuché la semana pasada en la Cumbre Mundial de Premios Nobel de Paz, me pareció particularmente interesante y conmovedor el pensamiento de Kailash Satyarthi, de la India, galardonado en 2014 por sus esfuerzos por erradicar el trabajo infantil.

Fue inspirador y esperanzador ver multitudes internacionales en Corferias hablando de la paz, ver sentados en un mismo escenario durante tres días a feministas, indígenas, gobernantes, exguerrilleros, ambientalistas, jóvenes, personas en condición de discapacidad, negros, blancos, sacerdotes, musulmanes, en fin… un caleidoscopio de ideas e iniciativas alrededor de la construcción de paz en el mundo.

Las siempre-mismas estadísticas vergonzosamente espantosas sobre un mundo sembrado de minas en vez de comida, sobre millones de niños que viven y mueren desnutridos y millones de mujeres que viven y mueren violadas en sus cuerpos y derechos, mientras la creatividad humana se dedica a desarrollar armas nucleares capaces de destruir ciudades enteras en un abrir y cerrar de ojos pero estamos tranquilos pues, gracias a esa misma creatividad, estamos ad-portas de no tenernos que preocupar por nuestro planeta desechable pues ya casi, quienes tengan cómo, van a poder vivir en Marte…

En esas, Satyarthi, quien coherente con su pensamiento en cada acción fue descastado por retar al sistema ofreciendo un banquete preparado y servido por intocables y viste sencillas prendas hechas a mano para beneficiar directamente a tejedoras pobres, lanzó una suave bomba: “Lo que necesitamos es globalizar el humanismo. En este mundo, donde los humanos fuimos capaces de globalizar la economía, los mercados, la tecnología, la cultura, el lenguaje, la moda… necesitamos urgentemente globalizar la compasión”. Sencillo, poderoso y profundo.

La ruta sugerida, claro está: la educación, que debe ser el centro de la agenda política mundial. Necesitamos crear sociedades y ambientes no violentos, amigables con los niños, particularmente en el sistema educativo. “Es en la mente de los seres humanos donde hay que hacer un cambio para alcanzar la paz” dijo, haciendo un llamado a los gobiernos, pero también a la sociedad civil, a crear políticas públicas más holísticas para atender a todos los niños y niñas, sin excepción, desde la primera infancia y con calidad, enfocándonos primero en los más desventajados y vulnerables: 100 millones de niños y niñas víctimas de violencia que, además de ayuda humanitaria, necesitan recibir herramientas para sanar sus mentes y sus corazones.

Un joven del programa Ser Pilo Paga, en una conversación cerrada al día siguiente le preguntó: ¿Cómo podemos los jóvenes crear humanismo?

Satyarthi le respondió: “Hagan amigos, fortalezcan conexiones, conozcan a otros jóvenes del mundo, usen las redes sociales y los medios para ser parte del cambio, para inspirar a otros, para cuestionar el establecimiento, para pronunciarse como consumidores, para tener una visión local pero también global… Puedo ver en cada uno de ustedes, los jóvenes, el pasado, el presente y el futuro. Las soluciones innovadoras necesarias las encontrarán los jóvenes. Su energía, su poder, su hambre de cambio pueden ser el motor y la inspiración que necesitamos. Organícense para crear un movimiento internacional de ciudadanos globales generadores de cambio, únanse, por ejemplo, a la iniciativa que acabo de lanzar: 100 millones de seres compasivos pueden salvar a 100 millones de niños y niñas, rechazados por el sistema, que han sufrido en carne propia la violencia, ¡comiencen ustedes!”

Entonces, contó que cuando iba a recibir el Premio Nobel perdió las palabras que llevaba preparadas. Enfrentado a la audiencia recordó una historia que le habían contado de chico y la convirtió en su discurso:

Hubo un incendio en la selva. Todos los animales huyeron en estampida, incluso el rey león quien, de pronto, descubrió volando hacia las llamas, dispuesto a extinguir el fuego, a un pequeño colibrí.

¿Estás loco? ¿A dónde vas?

Mira mi pico, llevo agua. ¡Yo nací aquí, no me puedo quedar cruzado de alas!

Esa es mi filosofía de vida, les dijo.

Si eso le pidió a los jóvenes, imagínense lo que se les puede pedir a los mayores que creamos el caos…

Enseguida, sacó del bolsillo un prendedor con el logo de su organización, un colibrí, y se lo puso en el pecho a la Ministra de Educación que en su intervención el día anterior había dicho que por primera vez en la historia la educación ocupa el primer rubro del presupuesto nacional.

*Directora de Comunicaciones en la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos del sector empresarial, para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.

Fuente original: EL MUNDO

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