¿Fracaso de la popularización de la ciencia y la tecnología?

 

Manuel Franco Avellaneda*

La semana pasada se celebró en Buenos Aires (Argentina) la versión XV del congreso bienal de la Red de Popularización de la Ciencia y la Tecnología de América Latina y el Caribe. Esta red fue fundada en 1990 para fortalecer y potenciar la cultura científica a través de programas, centros y museos de ciencia y tecnología en toda la región. Su origen fue promovido por científicos, así como otras iniciativas en otras partes de mundo, como la serie Cosmos de Carl Sagan, que buscaba llevar el conocimiento de las ciencias a todos los ciudadanos como una forma de ayudar a comprender sus entornos y al mismo tiempo promocionar el conocimiento científico para conseguir apoyo social.

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Así, la popularización de la ciencia y la tecnología podría entenderse como un movimiento social, inicialmente apoyado por científicos, para promover las vocaciones científicas y la importancia de la ciencia para comprender el mundo. En ese sentido, se han construido alrededor de 500 centros y museos interactivos en Latinoamérica (algunos muy visibles como el Museu da Amanhã, inaugurado en los juegos olímpicos de Río de Janeiro, el Parque Explora, Maloka y otros pequeños como el Museo de la Ciencia y el Juego de la Universidad Nacional de Colombia) y se logró tener en el país, desde 2005, una política nacional de apropiación social de la ciencia. A pesar de los esfuerzos, estas iniciativas no han conseguido el apoyo y reconocimiento social que posicione la ciencia como prioridad para el país, mucho menos para la región.

El primer semestre de 2017 ha estado marcado por protestas de las comunidades científicas en diferentes países de Latinoamérica. En Argentina se han realizado protestas permanentes en contra de lo que algunos científicos han catalogado como la inversión más baja de la historia del Ministerio de Ciencia y Tecnología de ese país[1], pero la situación es aún más grave en Brasil, donde el presupuesto que se tiene para este campo corresponde a la cuarta parte que se tenía en 2010. En el caso colombiano, el recorte de más del 40% que propone el gobierno Santos coloca a la ciencia local ad portas de la muerte, como lo señaló Eduardo Behrentz el pasado 22 de agosto en su columna del periódico El Tiempo.

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Esta situación pone en cuestión tanto a los gobiernos que no reconocen el papel de las ciencias en sus contextos como a las acciones educativas y de apropiación social de esta que no lograron la transformación esperada. De un lado, los gobiernos no identifican la relevancia de la ciencia local en la sociedad, ni la necesidad de que la gente común, los que no son científicos, se apropien de ella y la usen para ayudar a transformar sus realidades, pues superficialmente se piensa ¿para qué invertir en la ciencia si somos un país dedicado a vender materias primas? De otro lado, la popularización de estos conocimientos, a pesar de haber pasado por procesos de institucionalización, hizo que se olvidara que un ejercicio central es la incidencia política, pues los tomadores de decisión necesitan para su ejercicio ser alfabetizados en ciencia y tecnología.

La poca valoración social de las ciencias pone sobre la mesa la necesidad de una ciencia que “esté donde el pueblo está”, como lo defendían los científicos brasileros que fundaron uno de los primeros museos participativos, Espaço Ciencia Viva en Río de Janeiro; de lo contrario, cobra legitimidad la pregunta: ¿por qué los latinoamericanos tenemos que pagar por el desarrollo de una ciencia que no entendemos y de cuyos resultados no nos sentimos beneficiados?

Mientras tanto, parece seguir vigente la frase de un militar español enviado a América para pacificar las luchas de Independencia, Pablo Murillo, que dijo, ante la súplica de aplazar la muerte de Francisco José de Caldas, uno de los más importantes científicos que ha tenido Colombia: “La patria no necesita de sabios”.

*Asesor en la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.

Fuente original: EL MUNDO

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