El estado de las escuelas rurales, puntos de encuentro, refugio y desarrollo comunitario de nuestro país, es una muestra de una realidad que preocupa y sobrecoge

 

Por: Andrea Parra Triana*

El estado de las escuelas rurales, puntos de encuentro, refugio y desarrollo comunitario de nuestro país, es una muestra de una realidad que preocupa y sobrecoge. Esta realidad, resultado no sólo de 50 años de guerra, sino de causas diversas e históricas, se ha hecho más evidente ahora, cuando estos territorios se han puesto en el centro de los acuerdos de paz.

Son estos territorios también los que, por diversos motivos como la falta de planeación, el extractivismo o la deforestación, han sufrido con mayor intensidad las catástrofes naturales. La tragedia recién ocurrida en Putumayo es una clara muestra de ello.

¿Cómo aportar para que esta situación mejore?, ¿Cómo lograr condiciones más dignas para las comunidades? Juntarse, aliarse, trabajar en equipo, fue la respuesta que encontraron seis fundaciones empresariales[1] que en el 2011 crearon el proyecto Ola Escolar, cuyos resultados, apuestas conceptuales y metodológicas se entregan al país como una posibilidad de trabajar con las comunidades para mejorar la infraestructura y la convivencia en las escuelas.

Ola Escolar nace como respuesta a la “emergencia económica, social y ecológica” y “situación de desastre”, producto de la más fuerte temporada invernal de la historia del país hasta entonces. La reconstrucción de las escuelas en las zonas afectadas por el invierno evidenció las enormes deficiencias de la infraestructura escolar en el país, sobre todo en las zonas rurales. Deficiencia que hoy, cinco años después sigue siendo preocupante.

El trabajo con las escuelas y comunidades, así como el diálogo constante con el contexto, fue permitiendo la creación de rutas de trabajo que superaron la reconstrucción de la infraestructura educativa. El mejoramiento de los espacios físicos se convirtió en una potente excusa para acercar la comunidad a la escuela, mejorar la convivencia y aportar a la construcción de ambientes dignos para el aprendizaje de todos los estudiantes.

Esta mirada ampliada implicó otra forma de llegar a las escuelas. No se trató únicamente de construir o reconstruir espacios físicos, sino de ponerlos en diálogo con los territorios, las apuestas pedagógicas, el ambiente y las relaciones entre las personas que los habitan. No se trató solo de construir la infraestructura, sino de que las comunidades participaran en el proceso, aprendieran a darle buen uso y se apropiaran de sus espacios en un marco de construcción de sentido de lo público.

Hoy, un porcentaje importante de las metas en educación desde el sector público giran alrededor de la extensión de la jornada única y la disminución de brechas entre los sectores rural y urbano, y el mejoramiento de la infraestructura es un eje fundamental para lograr estas metas. Vale la pena que estos esfuerzos no se entiendan como la simple construcción, sino que se reconozca y se aproveche la posibilidad que tiene el mejoramiento de los espacios físicos de convocar la participación de la comunidad educativa, de crear sentido de lo público desde la escuela, de mejorar la convivencia y el medio ambiente, de recomponer el tejido social, de repensar lo pedagógico e involucrar el contexto… En sus cinco años de trabajo con las comunidades, el proyecto Ola Escolar tiene mucho que aportar a la hora de entender que el trabajo alrededor de la infraestructura educativa va más allá de entregar “un colegio bonito”.

Para conocer más consulte: www.olaescolar.com

*Asesora en la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa. 

[1] El equipo gestor de la alianza estuvo conformado por las fundaciones Argos, Bolívar Davivienda, Empresarios por la Educación, Mario Santo Domingo, Orbis y Telefónica.

Fuente original: EL MUNDO

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