Con hechos como el de Mocoa, los colombianos hemos demostrado una actitud solidaria para acudir con rapidez en favor de una población golpeada abruptamente por una tragedia. Esto nos recuerda que, en nuestra esencia, estamos dispuestos a sumar, cooperar, ser conscientes de la necesidad de apoyarnos y acercamos a pesar de las diferencias, las agresiones y las polarizaciones.

 

Por: Carolina Meza Botero y Diego Arbeláez Muñoz

Con hechos como el de Mocoa, los colombianos hemos demostrado una actitud solidaria para acudir con rapidez en favor de una población golpeada abruptamente por una tragedia. Esto nos recuerda que, en nuestra esencia, estamos dispuestos a sumar, cooperar, ser conscientes de la necesidad de apoyarnos y acercamos a pesar de las diferencias, las agresiones y las polarizaciones.

Asistir a la comunidad apenas sucede un desastre es un imperativo para mitigar el dolor y recuperar las condiciones básicas de alimentación, techo, higiene y cuidado de la red familiar, especialmente de los más vulnerables: los niños y las niñas. No obstante, mantener la asistencia sin la participación activa de la población implicada la convierte en una víctima pasiva que, paralizada, no puede asumir una responsabilidad activa frente a su bienestar y la reconstrucción del tejido social. Pasar de la asistencia, necesaria en las primeras semanas, a un acompañamiento que empodere a la comunidad, implica facilitar un mayor relacionamiento entre sus miembros, para que decidan ellos mismos qué es mejor hacer y cómo hacerlo, y lograr restablecer vínculos, ayuda mutua y el cuidado de sí mismos y de sus espacios vitales.

Como planteó Gustavo Wilches, “La recuperación de una comunidad es como una araña y una telaraña. La araña es la comunidad y la telaraña es el objeto de intervención. El reto es fortalecer la araña que ha quedado viva, pero traumatizada, para que pueda poner al máximo toda su capacidad de crear una nueva telaraña. Pero si le reconstruyo su telaraña –así sea con materiales de la era espacial–, y la pongo sobre la telaraña, probablemente no funcione. Este es un trabajo de recomposición de relaciones entre seres humanos y sus territorios”.

Por ejemplo, las lecciones aprendidas del desastre en el eje cafetero mostraron que las mujeres estuvieron más capacitadas para afrontarlo. Su respuesta a través de las cocinas comunales, el cuidado de los hijos y familiares y la organización comunitaria para la ayuda mutua rápidamente les otorgaron un rol en el que se sintieron valiosas y empoderadas para tomar decisiones. En cambio, la mayoría de hombres se relegaron, lo que derivó en alcoholismo, drogadicción, violencia intrafamiliar y abuso sexual… Si queremos prevenir los riesgos de efectos psicosociales en la comunidad es importante trabajar con la comunidad misma para que sienta que puede aportar a su propio destino y que, aún en los peores momentos, sus decisiones son la piedra angular para un mejor futuro. Se trata sobre todo de la recuperación del tejido social en el largo plazo. 

A partir de los aprendizajes de nuestro trabajo en la Fundación, creemos que es clave brindarle a niños, niñas y adolescentes, lo más pronto posible, acceso a espacios lo más similares a la escuela donde puedan interactuar con otros niños, acompañados de adultos, familiares y docentes. Necesitan contención, pues todo su mundo ha desaparecido, que se validen y acojan sus sentimientos y puedan liberar la carga emocional de la tragedia mediante didácticas adecuadas. Esto implica una mínima capacitación de adultos, docentes, familia, jóvenes y voluntarios, cuya efectividad ya ha sido demostrada en distintas experiencias de desastres, como lo respalda el documento de Unicef

El acompañamiento a la familia y a la comunidad en la escuela para que asuman las rutas de reconstrucción con el apoyo de actores institucionales es el mejor espacio de resiliencia, de emergencia de nuevos liderazgos y de trabajos de cooperación mutua probablemente no visibles antes de la tragedia.  Facilitar que las personas saquen lo mejor que tienen para ponerlo al servicio de sí mismas y de los demás. Puede ser el momento de tener en cuenta a las muchas comunidades indígenas que conocen los cauces del agua, e involucrarlos a todos en una mejor planeación del territorio. En medio de la tragedia, podemos ver esto como una gran oportunidad, pero el desafío implica actuar de manera distinta y pensar a largo plazo. Esto ocurre si la institucionalidad, organizada y articulada, reconoce en la comunidad la capacidad de definir las mejores formas de reconfigurarse, reinventarse y reconectarse con nuevos sentidos y propósitos de vida.

María Carolina Meza Botero

Directora Ejecutiva Fundación Empresarios por la Educación

Fuente original: La Silla Vacía

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