Los datos abiertos llegaron a Colombia con la promesa de promover la transparencia y el control social. Hay, sin embargo, un gran pendiente: promover los diálogos basados en datos desde las escuelas colombianas.

En el año 2014, mediante la Ley 1712, Colombia definió qué son los datos abiertos y lo que esto debía significar para el gobierno y la sociedad colombiana: un hito para la transparencia y el control social. A partir de este momento, el Ministerio creó e impulso su portal de datos abiertos (https://www.datos.gov.co/), que a la fecha de hoy (20 de mayo) tiene 10,231 bases de datos, creadas por 1,184 entidades del país, que hablan sobre recursos naturales, indicadores culturales y gasto público, entre muchas otras cosas.  En un contexto histórico donde la información es un activo a la vez abundante y apetecido, donde Colombia necesita promover debates informados para disminuir la polarización, ¿están los datos abiertos cumpliendo su objetivo? Uno de los lugares donde esto debería ocurrir, porque es donde más se necesita, es la escuela colombiana.

Los datos abiertos son definidos por la Ley 1712 como “aquellos datos primarios o sin procesar, que se encuentran en formatos estándar e interoperables que facilitan su acceso y reutilización”, publicados por entidades que cumplen funciones publicas y que deben estar disponibles de forma libre a la ciudadanía, donde se tiene como primera finalidad fomentar el compromiso cívico, construir un ‘gobierno abierto’ y desarrollar la transparencia del sector público. Son, en lenguaje simple, bases de datos públicas y accesibles que buscan promover una ciudadanía informada y crítica.

El portal y la estrategia de datos abiertos de Colombia han liderado una importantísima iniciativa, pero caen en un error que no es nuevo. Porque si bien globalmente cada vez más gobiernos apoyan la publicación de datos abiertos (Estados Unidos, por ejemplo, tiene cerca de 232 mil sets publicados), estos recursos están siendo usados casi exclusivamente por investigadores, científicos de datos y emprendedores, y poco han logrado alcanzar a la ‘ciudadanía de a pie’. Colombia parece no ser la excepción.

Y es que Colombia, con su particular contexto histórico y sociocultural, necesita promover el diálogo basado en hechos para dejar respirar nuestras ya sobreexpuestas emociones. La Cátedra de la Paz, el proyecto educativo que nació en el 2014 para promover discusiones de ciudadanía y paz en las aulas, sería el escenario ideal para hablar de y con datos. Conversaciones en el aula sobre qué pasó en este país, utilizando por ejemplo los maravillosos datos publicados por el Centro de Memoria Histórica, podrían cambiar la calidad de algunos debates. No se puede menospreciar el poder de un estudiante informado y su potencial para mejorar la sociedad (Greta Thunberg, por ejemplo, puso a todos a hablar sobre el cambio climático).

Utilizar los datos en contextos educativos no es ninguna solución mágica, y estas estrategias (incluso cuando se hacen siguiendo todos los estándares internacionales) no están exentas de criticas. La principal y más importante: los datos en si mismos son ejercicios de poder, donde se elige qué publicar (o que no publicar), cómo recoger los datos, cómo analizarlos, cómo publicarlos, o quién debe acceder a ella. También hay que ser consciente que la solución a los problemas de este país no son dependientes de la tecnología, y que este sería un paso (si mucho, diminuto) hacia lo que podría ser un diálogo constructivo.

A pesar de estos limitantes, Colombia no puede ignorar los retos globales del siglo XXI, donde la alfabetización de datos (es decir, saber cómo utilizar datos) cobra vigencia, ya sea porque cada vez hay más datos disponibles (por ejemplo, los portales de datos abiertos), porque cada vez son más necesarios para entender y dialogar sobre lo que pasa (especialmente en la era de ‘fake news’), o porque nuestra información personal esta siendo recogida por otras entidades (como Facebook o Google) y siendo cuantificada. Entender los datos, pensar ética y críticamente sobre ellos, y saber usarlos, es una habilidad necesaria en las sociedades contemporáneas.

Soy un optimista del poder de la educación y la información cuando se enfocan de manera responsable y con el objetivo de promover el bienestar social. Esto requiere un esfuerzo desde varias orillas, donde se promuevan por un lado la alfabetización de datos de los docentes y estudiantes de las instituciones educativas de Colombia, y se mejore la accesibilidad y la calidad de las cada vez más numerosas bases de datos abiertas. Ambos aspectos deben hacer parte de una estrategia integral para promover el uso de datos abiertos en Colombia. Me gustaría saber su opinión: ¿cómo podrían los datos abiertos aportar a la educación colombiana?

Esteban Morales
Estudiante investigador

Fuente original: La Silla Vacía