Se requiere estimular en los chicos el ejercicio de masculinidades alternativas y mostrar cuán atractivo puede ser un hombre solidario, que respeta a las mujeres y que no se impone a la fuerza sobre los demás… 

Por: Natalia Linares Valderrama*

Hace poco estuve en un colegio en una reunión con los profesores hablando sobre los temas que querían priorizar en sus tertulias pedagógicas dialógicas (1) y fue recurrente su interés por abordar la convivencia escolarMaestras, maestros y directivas manifestaron su preocupación por “la cantidad de problemas de convivencia” que había. Les inquietaba ser testigos de las burlas, ofensas y peleas entre los estudiantes, y sentir que los esfuerzos que vienen realizando mediante campañas de promoción de valores no son suficientes.

Al respecto, compartí lo que los hallazgos científicos más recientes han mostrado sobre el tema: que la agresión escolar es solo “la punta del iceberg”, pero que en la base de esta problemática está la socialización afectivo-sexual, esto es, la forma en la que niños, niñas y adolescentes han aprendido a ser hombres y mujeres. Nuestra cultura ha privilegiado como válida una masculinidad que se expresa mediante la fuerza, la dominación y la rudeza, y a partir de las interacciones sociales se ha configurado una estrecha relación entre lo violento y lo que resulta atractivo: las personas que exhiben comportamientos violentos. Así lo evidencian las series de televisión, películas o canciones, en las que muchas veces los protagonistas replican el modelo de masculinidad hegemónico para ganarse el amor de las mujeres y, además, el respeto y la admiración de sus congéneres.

La conversación despertó inquietudes entre los maestros, quienes advirtieron que los estudiantes más populares en todos los cursos son siempre los chicos con actitudes más agresivas. Ante este panorama, y a propósito de que hoy 8 de Marzo es un día para visibilizar las luchas de miles de mujeres por lograr la igualdad de derechos, es indispensable que las escuelas se pregunten por su papel al respecto.

Las soluciones no deben seguir recayendo solamente en el lenguaje de la ética, o sea en repetirles una y otra vez a los chicos y chicas cómo deben ser: respetuosos, tolerantes, responsables, etc. (asunto en el que los profes invierten mucho tiempo y esfuerzo), sino que hay que trabajar desde el lenguaje del deseo, es decir, transformar el sentimiento de atracción hacia la violencia, y esto se hace de la mano de los estudiantes.

Es preciso entonces trabajar en varios frentes. Por una parte, abrir espacios de diálogo con los estudiantes y plantearles preguntas: ¿Qué es lo que consideramos atractivo de otras personas? ¿Por qué nos gustan las personas que ejercen la violencia? ¿Nos parece eso verdaderamente disfrutable? A partir de allí se pueden abordar situaciones recientes relacionadas con el tema y que han captado el interés de los medios, como por ejemplo el caso del cantante Kevin Roldán, acusado de graves actos de violencia de género por su novia, y quien sin embargo cuenta con el apoyo de sus seguidores y seguidoras, que cuestionan la denuncia y lo respaldan. En estos espacios es necesario que sean los mismos estudiantes quienes expongan sus argumentos. Hay que permitirles expresarse sin que sean nuestras “moralejas” las que se tomen la conversación. Ahí el rol de profesores y profesoras es el de hacer preguntas, problematizar lo que parece natural.

Por otra parte, se requiere estimular en los chicos el ejercicio de masculinidades alternativas y mostrar cuán atractivo puede ser un hombre solidario, que respeta a las mujeres y que no se impone a la fuerza sobre los demás. También es urgente ponerse del lado de las víctimas pues, con frecuencia, cuando un estudiante cuenta que ha sido el blanco de burlas o ataques por parte de sus compañeros, no se le da la importancia que merece y se dejan pasar estas denuncias confinando a las víctimas a la soledad y el aislamiento. El mensaje es sencillo: No se puede trivializar ninguna agresión, ¡tolerancia cero a la violencia!

Finalmente, hay que propiciar la creación de vínculos de amistad verdadera. Varias investigaciones han demostrado que los niños y niñas que cuentan con un “mejor amigo o amiga” tienen un menor riesgo de sufrir bullying. En palabras de Judy Dunn, “la calidad de la una amistad verdadera nos defiende ante cualquier ataque”.

Entonces, el 8 de marzo, en lugar de promover “celebraciones” que banalizan el tema -como regalar rosas y chocolates a las mujeres-, puede aprovecharse para reflexionar sobre esto y escuchar a niñas, niños y jóvenes en un ejercicio que, además, no se agota este día sino que debe volverse parte de la cotidianidad de las escuelas. Sólo así estas se transformarán en espacios de aprendizaje libres de violencia.

*Gerente del proyecto Comunidades de Aprendizaje en la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.

(1)Para conocer más puede consultar aquí

Fuente original: EL MUNDO