“Una ciudad no puede estar compuesta de personas iguales.
Solo diversos tipos de personas pueden componer una ciudad”
– Aristóteles, la política

Recientemente se ha creado un profundo debate nacional sobre los límites que deberían tener los maestros al presentar, en las aulas, “ideas políticas”. Posturas de diversos matices han concentrado la discusión en el rol de los maestros y en qué tanto debería permitirse a estos la expresión autónoma de sus afiliaciones con ideas o partidos políticos. Sin embargo, esta no es la reflexión central que debería hacerse.

Lo que debería posibilitar esta coyuntura es una aceptación clara y precisa: la escuela es, y ha sido siempre, un espacio político. El mismo hecho de que sea la institución social que se haya elegido garante para la formación de los individuos amplía su incidencia a mucho más que la transmisión de ciertos saberes específicos. La construcción de lo que se ha venido llamando competencias ciudadanas, y que en general responde a la idea de capacidades propuesto en el enfoque del desarrollo humano, es sin lugar a dudas un ejercicio de formación política.

Esto se concreta en la posibilidad real que tiene la escuela de poner a conversar diversas posturas sobre el mundo, reconocer en la diferencia un valor patrimonial para la construcción de la idea de una nación pluralista y múltiple, la comprensión del saber como un bien público que debe estar al servicio de todos, y la instalación de la idea de equidad como gran movilizador de las acciones que debemos priorizar como sociedad.

¿Cómo no va a ser político un espacio en el que desarrolla la capacidad de diálogo entre sujetos que tienen diversas procedencias, identidades y creencias? ¿Cómo negar el carácter político de la única institución pública que permaneció constantemente en todo el territorio nacional a pesar de un crudo conflicto armado? ¿Cómo “despolitizar” a la institución en la que hemos confiado para formar ciudadanías activas, críticas y propositivas como la base para el mantenimiento de la democracia?

Si hay algo claro que justifica el enorme valor social de la escuela es su capacidad para constituir un lugar de participación y formación ciudadana. En particular, la escuela pública permite constatar la existencia de estos espacios que nos pertenecen a todos, estos escenarios para el encuentro con el otro y el aprendizaje desde la contrastación de múltiples miradas del mundo.

A los maestros los invitaremos siempre a plantear diversas posturas, no solo la propia, para abordar y formar la ciudadanía crítica; pero a la sociedad en conjunto, la invitamos a reafianzar un principio claro: todos los ciudadanos somos políticos, porque el trasegar por lo público es inherente a nuestro papel como seres sociales.

Es fundamental no creer que la “política” es exclusiva de los partidos o los que tienen cargos de libre elección. Desde esta idea no solo es necesario, sino central, que la escuela y otras tantas instituciones sociales no posterguen la formación política de los ciudadanos, pues solo así lograremos tener una democracia participativa, basada en los argumentos y no en los sectarismos.

Juan Felipe Aramburo
Coordinador de formación educativa / Proantioquia

Fuente original: La Silla Vacía