Se trata de promover un saber para transformar, porque se necesita tanto de la inteligencia cultural como del conocimiento científico para superar nuestros problemas
Por: Manuel Franco Avellaneda*

En 1993, durante la presidencia de César Gaviria Trujillo, se conformó la primera Misión de Sabios. Dicha Misión nació con el entusiasmo de una reciente Constitución Política que requería nuevas formas de institucionalidad y con el temor de una apertura económica después de décadas de una economía cerrada. Como resultado del trabajo de un grupo de diez personas de amplio reconocimiento en sus áreas de conocimiento, se produjeron once libros que reúnen un conjunto de recomendaciones proyectadas a 20 años, para enfrentar los retos del siglo XXI. Muchas de las recomendaciones fueron incorporadas, en especial aquellas que ayudaban a fortalecer la institucionalidad: el Consejo Nacional de Acreditación, el Sistema Nacional de Innovación, un Índice de publicaciones científicas -Publindex-, la medición de la capacidad de investigación a partir de un sistema de medición de grupos -GrupLAC-, entre otras.

Entre los legados de esa primera misión se encuentra la apropiación social de la ciencia y la tecnología, que busca promover el uso e incorporación del conocimiento científico-tecnológico en la sociedad. En otras palabras, propone que el conocimiento producido en el ámbito de la investigación científica sea apropiado por la sociedad con el fin de enriquecer las compresiones y generar alternativas de solución frente a problemas sociales atravesados por el conocimiento científico-tecnológico. Esta propuesta intenta fortalecer las miradas existentes hasta ese momento de divulgación y popularización de la ciencia (todos recordamos la serie Cosmos que popularizó Carl Sagan), para promover un diálogo de saberes entre científicos y sociedad, pues ahora se trata de promover un saber para transformar, porque se necesita tanto de la inteligencia cultural como del conocimiento científico para superar nuestros problemas. En este escenario se propone una mayor cercanía de los científicos a los problemas de su sociedad y, en consecuencia, se abren desafíos de educación y comunicación para garantizar un verdadero diálogo.

Así las cosas, aquella primera Misión intentó configurar un nuevo “contrato social” entre ciencias y sociedad, que reconoce la participación activa de la sociedad como aspecto central en la producción de conocimiento científico. Después de 25 años, en el país ya tenemos ejemplos significativos de esta nueva relación, tales como, por ejemplo, los Inventarios Participativos de Biodiversidad, promovidos por el Instituto Humboldt y comunidades campesinas en el país, los cuales están permitiendo tener un censo de poblaciones silvestres y una construcción de confianza y aprendizaje entre las comunidades científicas y campesinas. Otro ejemplo es la expedición biológica realizada por cincuenta investigadores, entre los que estaban diez excombatientes del Frente 36 de las Farc, en el bosque tropical húmedo de Anorí, Antioquia. En esta expedición, promovida por la Universidad Eafit, se descubrieron 14 nuevas especies reportadas para la ciencia. Nótese que la producción de este conocimiento no tiene las barreras de los títulos ni la escolaridad, sucede en el ámbito de lo cotidiano.

Ante este escenario, claro, no se trata de cualquier conocimiento ni de cualquier educación. Se trata de una idea de conocimiento que se piensa y se produce mirando al contexto del cual emerge, un conocimiento que dialoga con esas realidades sociales y culturales que lo hacen posible. Asimismo, la idea de educación que subyace a las iniciativas de apropiación social de la ciencia y la tecnología antes mencionadas es una educación no jerarquizada sino dialógica, que permite y valora la diversidad de saberes propia de la diversidad de actores que participan de las experiencias. Por tanto, al situar la tesis de que la solución de los problemas del país y del mundo está en la educación, es importante reflexionar acerca de qué educación estamos hablando y, más aún, cuál es la educación que necesitamos para enfrentar los desafíos actuales que tenemos como país. Poco nos ayuda un modelo para seguir perpetuando nuestra larga historia de inequidades y exclusiones sociales, económicas y culturales, en el que prime la rigidez mental y en el que el conocimiento científico sea un privilegio de pocos.

¿Qué pasaría si, aun recociendo que el conocimiento científico-tecnológico y la educación son la solución a muchos problemas, tuviéramos que aceptar que cierto tipo de producción de conocimiento ha sido también uno de nuestros problemas?

*Asesor en la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.

Fuente original: EL MUNDO