Proponemos pensar la experiencia pedagógica como una relación entre sujetos en la que prevalecen el sentido de la reflexión y el de la creación.

Quienes pasan por la escuela como territorio de experiencia adquieren lentes de múltiples colores para ver y recorrer el mundo.

Por: Olga Lucía Riveros Gaona y Cindy Johana Quintero*

Maestros, directores, coordinadores y padres de familia, todos hablan siempre de la experiencia pedagógica. Incluso fuera de la escuela se escucha a psicólogos, periodistas, médicos, terapeutas y un sinnúmero de profesionales referirse a lo que debe suceder en la escuela. Vale entonces la pena detenerse un momento y reflexionar sobre qué es eso de la experiencia pedagógica y cómo es que forma sujetos políticos en la escuela.

Con frecuencia, se relaciona la experiencia con la búsqueda permanente de vivencias que reconforten, produzcan felicidad o nos alejen de la monotonía. Pensamos que está en lo extraordinario, en lo extremo, en lo novedoso y en aquello que nada tiene que ver con la cotidianidad. Entonces, si pensamos esto sobre experiencia, la experiencia pedagógica pareciera ser un asunto asombroso, maravilloso, como un chispazo de genialidad, reduciéndola a un peligroso escenario en el que basta encontrar el manual correcto para propiciarla.

Pero, todo lo contrario, proponemos pensar la experiencia pedagógica como una relación entre sujetos en la que prevalecen el sentido de la reflexión y de la creación, se generan nuevos saberes y se constituyen nuevas formas de ser que tienen que ver directamente con un territorio: la escuela, y con las relaciones que allí se configuran y transforman. Esto sucede cuando, por ejemplo, los proyectos pedagógicos se consolidan de manera colectiva, cuando se construye un manual de convivencia teniendo en cuenta todas las voces de la comunidad, cuando un maestro en clase usa la cotidianidad como una oportunidad de aprendizaje, cuando la escuela dice “paremos” y reflexiona sobre lo que sucede en su entorno, o cuando se arriesga a alejarse del deber ser y acercarse al puedo ser.

¿Qué tienen estos ejemplos en común? Que la experiencia pedagógica no es el proyecto, ni el manual, ni la clase. Es el intercambio de saberes, la reflexión que este provoca y la movilización de pensamiento de quienes lo viven, pues involucra la construcción de apuestas personales y colectivas con otros que alteran sus caminos, se interrogan, se potencian, se problematizan y con ello transforman sus vidas y sus formas de ver el mundo.

La experiencia pedagógica, entonces, no es un asunto instrumental reducible a un manual, no tiene que ver solamente con la disposición de espacios, con la generación de materiales o con la planeación de clases. Está relacionada con dar sentido a lo que se hace, porqué y para quiénes se hace, y potencia formas de encuentro que no son extraordinarias, sino que, por el contrario, ocurren todo el tiempo en el territorio escolar, posibilitando a estudiantes, maestros, directivos, administrativos y a la comunidad en general nuevas formas de ser y de comprender el territorio y generando miradas distintas ante lo que parecía inamovible.

Las formas de ver el mundo y de habitarlo como sujetos políticos se configuran al vivir experiencias pedagógicas. Quienes pasan por la escuela como territorio de experiencia adquieren lentes de múltiples colores para ver y recorrer el mundo y tienen la posibilidad de salir de la dualidad entre el blanco y el negro, los buenos y los malos, lo bonito y lo feo. La escuela que se piensa aporta a disminuir la polarización en la que nos encontramos como país y ofrece nuevas posibilidades de ser y de hacer las cosas distinto.

Asumir una posición en el mundo, complejizar las miradas construidas durante años en relación con la vida, la sociedad y la política hacen parte de la formación, que vista desde la perspectiva de la experiencia pedagógica adquiere un nuevo significado pues va más allá de la trasmisión de contenidos o la memorización de datos o fechas que nada tienen que ver con la cotidianidad. Proponemos pensar la formación como un acontecimiento que sucede en doble vía, como un proceso que involucra transformaciones hacía adentro y hacia afuera. La única manera de gestar procesos de formación es a partir de experiencias pedagógicas, lo que implica no salir intacto pues se afecta tanto quien forma como quien es formado.

¡Invitamos a los maestros, a los directivos y a quienes trabajamos en el sector educativo desde distintos roles a construir y a vivir más experiencias pedagógicas que nos permitan tener siempre puestos esos lentes de múltiples colores al leer y andar el mundo y que, de una vez por todas, en este país podamos vivir juntos en la diferencia!

*Maestras y asesoras en la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.

Fuente original: EL MUNDO